"Mil Golpes", por su cuenta y riesgo.
%3Aquality(70)%2Fcloudfront-eu-central-1.images.arcpublishing.com%2Fliberation%2F77EE7L2S5NA3FG63BAZAWBVYBM.jpg&w=1920&q=100)
¿Qué sentimiento podría tener el hiperactivo Steven Knight (seis series en los últimos tres años), padre del exitoso Peaky Blinders , ante la reciente recuperación de su obra más famosa por parte de todos los wannabes Thomas Shelby del planeta amantes de los trajes "alfa retro" y los signos externos de virilidad vintage? Una cierta amargura, esperemos, pues sería injusto reducir su obra a todo lo que la emblematización masculinista quiso hacer de ella; pero también, al parecer, un cierto deseo muy celoso de corregir la situación. Porque si A Thousand Blows quiere ser la heredera de Peaky Blinders, cuya andadura acabará próximamente con una película de cierre a modo de séptima temporada, es también su doble contrapunto, a la vez racial y sexual.
La serie sigue una doble narrativa cuyos dos caminos luchan por encontrarse: por un lado una banda de ladronas que realmente operaron en los últimos años del Londres victoriano (los Forty Elephants) y por el otro la entrada de un jamaicano en el mundo del boxeo clandestino a puño limpio, todo ello resultando en una actualización muy ágil del software de su predecesor, combinando el clásico arte del ostentación y pequeñas intrigas proletarias-criminales con músculos flexionados con una superposición de resonancias sociales que apuntan a una connivencia pesada y desagradable con
Libération